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La ira, ¿una virtud cristiana ?

Osado y ardiente, el amor humano es una pasión “fuerte como la muerte”(cf. Ct 8, 6). La persona que está absorbida por el amor quiere, quiere mucho, y tanto quiere que está dispuesta a todo para conseguir el objeto de su entusiasmo. A diferencia del mero sentimiento —que consiste en poner en movimiento la voluntad—, el amor no es irracional; en efecto, la voluntad adhiere a lo que la inteligencia le indica que es deseable.

Sin embargo, no persigue sus anhelos de la misma manera, sino que se lanza con mayor empeño cuanto más apetecible es el bien buscado: más grande es la determinación de un científico por conquistar un premio internacional que en disputar un título municipal.

Ahora bien, al ser Dios el Bien deseable por excelencia, la religión —que “une” el alma al Creador— es precisamente la motivación más potente para mover a la voluntad; por tanto, no existe nada en el mundo capaz de detener a aquel cuyo amor es movido por una cuestión religiosa.

Naturalmente, eso vale tanto para el bien como para el mal. Pero cuando la gracia santifica la pasión natural, del amor humano surge la virtud de la caridad que, a su vez, vuelve al hombre capaz de lograr hazañas muy por encima de su naturaleza: para ese amor, sencillamente, nada es imposible. No sólo en razón de su Persona divina, sino también a causa de la excelencia de su naturaleza creada, el amor de Jesús es de una perfección insuperable.

Su amor por nosotros es tan grande que absolutamente nada podrá vencerlo (cf. Jn 10, 29; Rm 8, 38-39). Sobre todo, su amor por Dios supera nuestro entendimiento: además de la virtud de la caridad, Jesús Hombre constituye con el Hijo de Dios una sola Persona. De ese intensísimo amor fluyen todos los bienes, pues “de su plenitud todos hemos recibido” (Jn 1, 16).

Si así es el amor de Cristo, ¿cómo se explican actitudes de radical intransigencia como la expulsión de los mercaderes del Templo? ¿Se habría dejado dominar por la ira? Entonces, ¿en Jesús no todo era santo, equilibrado y armónico con su amor a Dios?

Sí lo era, pero el amor y el odio se complementan, porque únicamente tiene verdadero amor el que odia lo contrario. Manifestación de amor al Padre, la ira de Cristo le llevó muchas veces a adoptar actitudes que hoy día serían consideradas “intolerantes”, pero que reflejan en la tierra las disposiciones del Señor, porque “la ira de Dios se revela desde el Cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres” (Rm 1, 18). Esa ira, lejos de ser pecado, es loable, pues consiste en desear “la venganza conforme al orden de la justicia” y “corregir todo lo malo” (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. III, q. 15,a. 9).

Les fue dado reconocerlo a los Apóstoles, al recordar el salmo: “El celo de tu casa me devora” (Jn 2, 17).

En Cristo, la perfección de la ira no perjudicaba, a pesar de la intensidad, el gozo de la contemplación, al no existir en Él conflicto alguno entre sus facultades. ¡Qué hermoso equilibrio entre el santo amor y la sagrada ira! En admirable y divina armonía “misericordia e ira están con Él; es poderoso cuando perdona y cuando descarga su ira” (Eclo 16, 12).

Fuente: Revista Heraldos del Evangelio No.148

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